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Concurso Puerta de Atocha

Galería Salvador Díaz (Madrid)

Fundación cultural COAM

Segundo premio

 

Equipo:

F.Pozzato, D.Escorza, M.Minen, P.Azara, J.Pérez

 

Texto: Pedro Azara

Maquetista: Fabián Asunción

Fotografías: J.Pérez Vale

 

 

 

Las puertas de los palacios, los templos y las ciudades de la antigüedad estaban defendidas de los poderes infernales que acechaban desde el exterior por estatuas de animales fieros como el león, o de seres híbridos que fulminaban con su mirada hipnótica, como la Gorgona. En Roma, Jano, el temible dios bifronte, una de cuyas caras miraba al pasado al tiempo que la otra oteaba el futuro, guardaba los vanos.

 

"Qui n'a pas dans sa memorie un cabinet de Barbe-Bleue qu'il n'eut pas fallu ouvrir, entr'ouvrir?" (G. Bachellard)

 

Los antiguos nunca se habrían aventurado a cruzar el umbral sin rendir culto a esas divinidades fronterizas que velaban por ellos, porque como sostenía el platónico Porfirio, "el umbral es algo sagrado". Y lo sagrado, que es algo peligroso porque deslumbra a los hombres, no era de este mundo.

 

Las puertas se abrían hacia otro mundo, un mundo distinto del ámbito cercano y hogareño que los hombres vivían habitualmente. Mundo abierto, misterioso y fascinante, mas allá de los límites de la ciudad, poblado de seres o de no-seres distintos, que son la imaginación desabrida de los poetas y los profetas era capaz de concebir y plasmar.

 

Los antiguos ya sabían de un vano fantástico gracias al cual podían tener un acceso fácil e inmediato al mundo imaginario: El espejo. Todo lo que no estaba a la vista, como el pasado, el futuro y lo sobrenatural, se miraba en la superficie bruñida y se mostraba a los ojos de los hombres. A través del maravilloso cristal plateado, como sabía Lewis Carrol, los hombres descubrían -o creían descubrir- facetas desconocidas o escondidas de la realidad, y cuya demostración, como bien dijo la madastra de Blancanieves, era dolorosa. Lo que el espejo revelaba brillantemente era como un sueño.

 

La nueva puerta giratoria de Atocha, cabe en el lugar donde los hombres parten, y el viaje es una ilusión, un viaje hacia ninguna parte, se compone de cuatro grandes vanos de caras espejadas -cristal o acero-, como un eco de Dan Graham, que se mueven sobre un rail al ritmo infernal que marca el tráfico que fluye alrededor. En planta dibujan una cruz. Reflejan los edificios desparejados que rodean la plaza circular, los coches en manada y los peatones que cruzan apresurados. Una multitud de haces luminosos de los faros, los anuncios y las farolas, que el juego de espejos multiplica, reververa e irradia hacia todas las direcciones, cegando y confundiendo a quienes miran a la puerta y se miran en ella.

 

Un mundo deslumbrante, inquietante y caótico se asoma a la puerta invisible. Quien la cruza se transforma en una sombra.